Manoli

A mi estas cosas me hacen volver a creer en aquella vieja teoría que dice que hay que tener amigos hasta en el infierno



Es más...seguro que el infierno está lleno de colegas.

Mi ironía es para ti.

Valeria Morrison (22)



Como abrir ese cajón-estercolero que todos tenemos, como revisar todo lo que hemos ido guardando durante unos cuantos inviernos, como rebuscar llegando hasta el fondo y encontrar, por ejemplo un anillo, un borrón de algo que fue un dibujo, un clip, un capitulo de “Los Problemas Crecen”,las mariposas tristes que coleccionamos después de nuestra primera ruptura, una horquilla, una foto de un verano de los 90, lápices sin punta, chuletas, algunas cuentas del que era nuestro collar preferido en el instituto, piezas de LEGO, una cinta de cassette, aquella entrada de cine, un móvil roto, una flor seca, un muñequito de Bandai, un abrazo…Como ver que la vida se revisa a sí misma, como decir adiós a la sub21 y no poder disimular con los pantalones cortos de agosto el temblor de piernas de una, que todavía no tiene muy claro eso de estar preparada para formar parte de la selección absoluta.

pauS.A


Ella se fue haciendo ruido con los tacones. Él se emborrachó con sus colegas, los indestructibles. Ella quiso salir con sus amigas a llamar al mundo por su nombre, a reírse del futuro, y terminaron riéndose de las mismas bromas de siempre...Él dejó de escribir mensajes con sentimientos de por medio en su móvil. Ella no pudo evitar volver a escuchar canciones tristes. Él se fue de viaje, al extranjero, por si acaso. Ella prefirió irse a surfear al norte con su tabla dorada bajo el brazo.
Y no se lo pasaron tan bien...así que volvieron a Madrid.
Ella en busca de los restos de todos los pantalones vaqueros que un día arrastraron por el suelo. Y los encontró, claro que los encontró, además de algunas sonrisas ya olvidadas, de las de entonces, de esas con miradas por debajo del flequillo, de las de verdad.
Él, por su parte, volvió a la cabina desde la que hablaba cuando montaron aquella revolución en contra de la telefonía móvil y descubrió su nombre arañado, indeleble. Se reencontró con ese olvidado pasatiempo que acompañó a todas sus conversaciones, y por el cual sus llaves perdieron el brillo.
Marcó su número sin pensar, corriendo el riesgo de parecer uno de esos estúpidos que llaman a media noche. Pero no fue para tanto, porque ella también se arriesgaba contestar con la voz más viva que le había salido en los últimos meses.
Y los dos cayeron.

- Me alegro de saber que estás bien – dijo como despedida- pero bueno, los dos sabemos que esta llamada no significa nada
- No… ¿ No? – preguntó ella
- Claro que si.
Me sacudo el vértigo de los zapatos, y vuelvo a cantar alto en la ducha.