Una tarde, hace no mucho, fui con una amiga a tomarme una pinta de Murphys en ese bar en el que ya me conocen. Allí él, desde el otro lado de la barra, me dijo que tenía una idea con la que podría grabarse un corto. Como tenía tantas ganas de contármela como yo de saber de qué se trataba, decidimos que el resto de la clientela, como el resto del mundo, podía esperar, y a partir de ese momento yo me limité a escucharle con los ojos muy abiertos, y a animarle a grabarlo (ya que aunque lo hubiese hecho, no pegaba aplaudir todavía)
Catorce días después, él dormía a trompicones y me despertaba sin querer, como si los Reyes Magos estuviesen a punto de llegar.
Quince días más tarde, nos despertábamos rodeados de un traje perfecto, una cámara medio decente, unos focos, un actor, una plaza de toros esperando, varios amigos (de los buenos) y mucha, muchísima ilusión.
Yo entonces, me levanté y me fui a mi simulación de escuela de imagen y sonido.
Él, grababa su corto.
Hoy, a penas un mes y medio después, “Hasta la Victoria Siempre” que así es como se llamaba la idea que un día él tuvo mientras ponía copas, está entre los trabajos destacados en uno de los concursos de cortometrajes más famosos en nuestro país, y dentro de unas semanas, estoy casi segura; será el ganador.
A mi, se me caen chispitas de orgullo de los bolsillos cada vez que le miro. Mientras, no puedo evitar pensar en todas las ideas que tengo todavía ahogadas en los tinteros de mi mesa, y eso que todos los que las escucharon, también tenían los ojos muy abiertos.
Los que ellos no sabían, es que soy una cobarde.