Anoche, después del trabajo me quedé con algunos compañeros tomando vinos, y cuando terminamos, me dejaron andar sólo de vuelta a casa mientras gritaba tu nombre y arrastraba un zapato.
Hoy me he presentado al último examen de la carrera, y he cambiado todas las preguntas por "¿Todavía te acuerdas?". Luego he contestado a cada una como a ti te gustaría, siempre marcando la casilla del "no", y he firmado con tu nombre.
También he estado en el cine, pero me han echado enseguida por llorar demasiado alto.
Como no llevaba paraguas, me he refugiado en mi ipod, y he visto como los vendedores ambulantes de bolsos se miraban y reían entre dientes al verme cantar con fuerza a Francesco Guccini.
Te he escrito un mensaje de esos de los que luego uno se arrepiente mucho, pero no me han dejado enviarlo. La empresa de telefonía ha alegado que el texto superaba los 160 caracteres, y yo no he entendido nada porque para carácter el tuyo, que cabe en sólo seis letras.
Hoy es mi cumple. Me han regalado un boomerang.


Una de esas manías generalizadas a la que deberían de otorgarle YA la denominación de "vicio confesable" es esa costumbre que tantos compartimos, de curiosear en la primera página de cada libro cuántas ediciones lleva la publicación, e imaginarnos a todas esas personas que se nos adelantaron y un día leyeron las mismas páginas que nosotros . ¿No les parece?